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Simpática transposición del nacionalismo catalán a uno igual de alucinante y desquiciado aragonés:

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Las reivindicaciones del nacionalismo imperialista catalán se resumen en la entelequia de unos “Países catalanes” que serían el reflejo “natural” de una nación independiente que englobaría todos aquellos territorios en los que se habla “catalán” en algunas de sus supuestas variantes (catalán, valenciano, mallorquín, aragonés, etc.). Además, en paralelo a la idea de nación lingüística se ha desarrollado (bueno, de hecho es anterior en el tiempo) la idea de nación política subyugada por un centralismo invasor de origen castellano, con diversos hitos mesiánicos y nefastos (1648, 1714, 1933, 1936). Utilizando la evocación del paraíso perdido se ha creado mediante la manipulación de la interpretación de hechos históricos un “pasado idealizado” en el que se justifican las posiciones políticas actuales, tratando de dotar de legitimidad una serie de demandas que terminarán en la plena independencia de esos “Países catalanes”.

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Este delirio se viene alimentando desde hace cien años con una mezcla de victimismo, racismo, xenofobia y demagogia, habiendo encontrado su acomodo en diversas formas de nacionalismo político, (radical, conservador, de izquierda y derechas), que ha logrado crear la sensación de que no ser nacionalista es lo mismo que no ser catalán (y, por extensión, ser un enemigo de esa arcadia feliz que se perdió pero que se podrá recuperar únicamente con la ansiada independencia).

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Paradójicamente, el movimiento nacionalista pan-catalanista no es fácilmente explicable sin comprender como ha dado la vuelta a conceptos, ideas y situaciones, convirtiendo en “aceptable” situaciones que en otros lugares de Europa serían consideraras verdaderamente fascistas y totalitarias. Pero eso es otra historia y no viene muy al caso en esta entrada.

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Aragón no casa con las ideas pan-catalanistas y rompe desde el principio el inmaculado “pasado nacional catalán” por los acontecimientos históricos que dieron lugar a la formación de esa realidad que se llamó a sí misma “Corona de Aragón” y que surgió de la unión de un Reino y un condado por medio del típico sistema medieval del matrimonio. El desarrollo histórico es conocido y tampoco es el objeto de esta entrada, pero cabe señalar que los postulados nacionalistas no casan (y son realmente insostenibles) en cuanto se comparan con la Historia medieval.

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La cuestión es que Aragón, debido a ser una región castellanohablante y con diversos dialectos propios en la zona de los valles del Pirineo oscense y de la línea con Cataluña y Valencia, no puede quedar englobada dentro de los Países catalanes en su conjunto como territorio. Sin embargo, es innegable que formaba parte indispensable de la Corona de Aragón (llamada, en una locura anacrónica nacionalista, “confederación catalano-aragonesa”) que es utilizada como excusa para justificar “históricamente” la nación catalana. En Aragón no se da esa fingida dualidad linguísitico-histórica que es condición sine qua non para “demostrar” que los Países catalanes son, (o deberían ser), una nación independiente. Por lo tanto, ante semejante problema, los nacionalistas han optado por “desgajar” la zona limítrofe del resto, otorgándole el rimbombante nombre de “Franja del Poniente”, y pretendiendo que se crea que allí sí que se habla el catalán normalizado como prueba de que esta parte forma parte de los Países.

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Algún día se sabrá el daño que los catalanistas están haciendo a las relaciones entre los catalanes y los aragoneses.

Que sí, que los vecinos debemos llevarnos bien, es verdad, pero tal vez Cataluña debería ser la primera en criticar estos comportamientos que no hacen sino desprestigiar a un gran pueblo como es el catalán por culpa de unos pocos y causar hondo malestar en Aragón.

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MÁS INFORMACIÓN PULSAR:

ANTICATALANISMO EN ARAGÓN

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